“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”
Salmo 73:25
En la publicación anterior terminamos contemplando una declaración extraordinaria de Pablo:
“Cristo, vuestra vida.”
Pero si Cristo verdaderamente es nuestra vida, tarde o temprano tendremos que enfrentar una pregunta:
¿Es Cristo suficiente?
No preguntamos si creemos en Él.
No preguntamos si asistimos a una iglesia.
Ni siquiera preguntamos si servimos, oramos o conocemos las Escrituras.
La pregunta va más profundo:
Si todo lo demás desapareciera, ¿seguiría siendo Cristo nuestro tesoro?
Porque es posible acercarnos a Cristo buscando algo detrás de Cristo.
Podemos buscar Su provisión.
Su sanidad.
Su paz.
Su dirección.
Su protección.
Su propósito.
Sus bendiciones.
Podemos incluso buscar un ministerio, una experiencia espiritual o una respuesta a nuestras oraciones.
Pero existe una pregunta que tarde o temprano llega al corazón:
¿Lo queremos a Él?
Una mujer que recorrió una gran distancia
La Escritura nos cuenta acerca de una reina que oyó hablar de la fama y sabiduría de Salomón.
No se conformó con escuchar acerca de él.
Viajó desde muy lejos para verlo por sí misma.
Llegó con preguntas difíciles, y Salomón respondió todo lo que había en su corazón.
Pero entonces ocurrió algo extraordinario.
La reina no solamente escuchó las respuestas de Salomón.
Contempló su excelencia.
Vio su sabiduría.
Vio la casa que había edificado.
Vio su mesa.
Vio el orden de sus servidores.
Vio cómo funcionaba todo aquello que estaba bajo su autoridad.
Y la Escritura dice que cuando contempló todas estas cosas:
“…se quedó asombrada.”
1 Reyes 10:5
Entonces declaró:
“Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría.”
1 Reyes 10:6
Había oído.
Pero ahora había visto.
Y después de contemplarlo personalmente reconoció que lo que había escuchado ni siquiera alcanzaba a describir toda aquella grandeza.
Uno mayor que Salomón está aquí
Mucho tiempo después, Jesús habló acerca de aquella mujer.
Y dijo:
“…la reina del Sur… vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón; y he aquí más que Salomón en este lugar.”
Mateo 12:42
Detengámonos ahí.
Uno mayor que Salomón está aquí.
La reina recorrió una enorme distancia para contemplar la sabiduría de un rey terrenal.
Nosotros hemos recibido la revelación de Aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas.
Salomón poseía sabiduría.
Cristo es la sabiduría de Dios.
Salomón edificó una casa.
Cristo está edificando Su Iglesia.
Salomón tenía un reino.
El reino de Cristo no tendrá fin.
Salomón recibió gloria.
Cristo tenía gloria con el Padre antes que el mundo fuese.
Y si aquella mujer quedó asombrada ante Salomón, ¿qué ocurre cuando nuestros ojos verdaderamente comienzan a contemplar a Cristo?
Quizás nuestro problema no es que deseamos demasiado
A veces pensamos que nuestro problema es que queremos demasiadas cosas.
Quizás hay algo todavía más profundo.
Quizás hemos visto demasiado poco de Cristo.
Porque cuando no contemplamos Su excelencia, otras cosas comienzan a parecer extraordinariamente valiosas.
El reconocimiento parece enorme.
El dinero parece enorme.
El éxito parece enorme.
El ministerio parece enorme.
Nuestros problemas parecen enormes.
Incluso nosotros mismos comenzamos a parecernos demasiado grandes.
Pero cuando Cristo ocupa nuestro campo de visión, todo empieza a recuperar su verdadera proporción.
No necesariamente porque las otras cosas desaparezcan.
Sino porque hemos visto algo incomparablemente mayor.
La excelencia del conocimiento de Cristo
Pablo conocía logros.
Tenía linaje.
Tenía educación.
Tenía reputación religiosa.
Tenía razones humanas para sentirse seguro de sí mismo.
Pero algo ocurrió.
Conoció a Cristo.
Y después escribió:
“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor…”
Filipenses 3:8
Observemos sus palabras:
“Por la excelencia…”
Pablo no abandonó todo porque descubrió que nada tenía valor alguno.
Descubrió un valor superior.
Cristo.
Cuando aparece el tesoro verdadero, las demás cosas cambian de valor.
No porque alguien nos obligue a despreciarlas.
Sino porque hemos contemplado algo mejor.
Por eso el evangelio no es simplemente una invitación a abandonar cosas.
Es una invitación a contemplar a una Persona cuya excelencia hace que todo lo demás encuentre su lugar correcto.
¿Buscamos Su mano o Su rostro?
Esta pregunta alcanza incluso nuestra oración.
¿Qué sucede cuando pedimos y la respuesta tarda?
¿Qué ocurre cuando aquello por lo que oramos no llega?
¿Qué pasa cuando Dios no cambia inmediatamente nuestras circunstancias?
En esos lugares comienza a revelarse algo del corazón.
¿Queríamos solamente lo que Él podía darnos, o lo queríamos a Él?
El salmista llegó a un lugar extraordinario:
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”
Salmo 73:25
Eso no es resignación.
No es alguien diciendo:
“Bueno, no tengo nada más, así que me conformaré con Dios.”
¡Todo lo contrario!
Es el corazón de alguien que ha descubierto:
Si lo tengo a Él, poseo el verdadero tesoro.
Cristo no es el medio para llegar al tesoro
Aquí debemos tener cuidado.
Podemos convertir incluso el evangelio en una transacción.
Ven a Cristo para tener paz.
Ven a Cristo para arreglar tu familia.
Ven a Cristo para prosperar.
Ven a Cristo para encontrar propósito.
Ven a Cristo para que tu vida mejore.
Y ciertamente en Cristo recibimos riquezas de gracia que jamás podríamos enumerar.
Pero Cristo no murió simplemente para convertirse en el medio por el cual conseguimos todas las demás cosas que verdaderamente deseábamos.
Él es el tesoro.
El evangelio finalmente nos lleva a Dios.
Nos reconcilia con Dios.
Nos abre el camino para conocerle.
Y en el centro de esa revelación está Jesucristo.
Ven y contempla
Quizás hemos escuchado acerca de Cristo durante muchos años.
La reina también había escuchado acerca de Salomón.
Pero llegó un momento en que tuvo que venir y contemplar.
Y cuando vio, quedó asombrada.
Hay una diferencia entre conocer información acerca de Cristo y que el Espíritu Santo abra nuestros ojos para contemplar Su gloria.
Por eso nuestra oración no debería ser solamente:
“Señor, dame más.”
Quizás necesitamos comenzar a orar:
“Señor, muéstrame más de Cristo.”
Muéstrame Su belleza.
Su santidad.
Su mansedumbre.
Su autoridad.
Su obediencia.
Su cruz.
Su resurrección.
Su gloria.
Su suficiencia.
Porque quizás la respuesta a muchos de nuestros deseos desordenados no sea simplemente intentar desear menos.
Quizás necesitamos ver más de Él.
Cuando Cristo es suficiente
Entonces volvemos a nuestra pregunta:
¿Es Cristo suficiente?
Tal vez esa pregunta no se responde apretando los dientes y diciendo:
“Sí, Jesús debe ser suficiente.”
Tal vez comienza de otra manera:
Contemplándolo.
Porque cuando el Espíritu nos muestra la excelencia del Hijo, comenzamos a entender las palabras de Pablo.
Cuando contemplamos al Tesoro, comprendemos por qué otras cosas pueden considerarse pérdida.
Cuando conocemos al Pan de Vida, comprendemos dónde está nuestra verdadera satisfacción.
Cuando contemplamos la Luz del mundo, las luces pequeñas dejan de impresionarnos de la misma manera.
Y cuando comenzamos a conocer verdaderamente a Cristo, nuestra oración cambia.
Ya no solamente:
“Señor, dame.”
Sino:
“Señor, déjame conocerte.”
La reina vino desde los confines de la tierra para contemplar la excelencia de Salomón.
Pero nosotros podemos decir:
Uno mayor que Salomón está aquí.
Ven.
Mira.
Contempla.
Conócele.
Porque quizás cuando nuestros ojos verdaderamente vean Su excelencia, descubriremos que la pregunta nunca fue cuánto necesitábamos añadir a Cristo.
La respuesta siempre estuvo delante de nosotros:
Cristo mismo es el tesoro.
“Gustad, y ved que es bueno Jehová…”
Salmo 34:8
Que nuestros ojos sean abiertos para contemplarle.
Que nuestros corazones encuentren satisfacción en Él.
Que Cristo sea suficiente.
Y que el Cordero reciba Su recompensa.
