“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”
Juan 17:3
Hay una diferencia entre saber cosas acerca de Dios y conocer a Dios.
Podemos escuchar predicaciones, leer libros, aprender doctrinas y familiarizarnos con lenguaje cristiano y, aun así, permanecer con ideas acerca de Dios que proceden más de nuestras experiencias, temores, expectativas o tradiciones que de la manera en que Él mismo se ha revelado.
Pero Dios no nos dejó a oscuras.
Él habló. Él se reveló en las Escrituras. Y finalmente nos dio a conocer su gloria en Jesús el Cristo.
Por eso nuestro deseo no debe ser construir una imagen de Dios según nuestras expectativas, sino acercarnos humildemente a Su Palabra y decir:
“Señor, muéstranos quién eres.”
1. No al Dios que imaginamos, sino al Dios que se revela
La Escritura declara:
“Bueno eres tú, y bienhechor; enséñame tus estatutos.”
Salmo 119:68
Observemos el orden.
David no comienza por las cosas buenas que ha recibido.
Comienza por Dios:
“Bueno eres Tú.”
Dios no es bueno solamente cuando nuestras circunstancias son buenas. Su bondad no aumenta cuando recibimos aquello por lo que oramos ni disminuye cuando atravesamos algo que no comprendemos.
Él es bueno.
Y precisamente porque David reconoce quién es Dios, su respuesta es:
“Enséñame.”
Aquí comienza el conocimiento verdadero de Dios: cuando dejamos de intentar definirlo desde nuestra perspectiva y permitimos que Él nos enseñe quién es.
2. Nuestro Dios es infinitamente sabio
Pablo, después de contemplar los caminos de Dios, no intenta reducirlos a una explicación sencilla. Termina adorando:
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!”
Romanos 11:33
Dios no solamente es bueno.
Dios es infinitamente sabio.
Nosotros vemos una pequeña parte; Él contempla el todo.
Nosotros conocemos el presente parcialmente; Él conoce perfectamente todas las cosas.
Por eso nuestra incapacidad para comprender un camino de Dios no significa que ese camino carezca de sabiduría.
Conocer a Dios nos permite decir:
“Padre, no comprendo todo lo que haces, pero quiero conocerte a Ti.”
Y cuanto más conocemos Su carácter, menos necesitamos comprenderlo todo para confiar en Él.
3. Ser llenos de Su conocimiento para caminar
Pablo oraba por sus hermanos:
“…que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo…”
Colosenses 1:9-10
Aquí descubrimos algo fundamental:
El conocimiento de Dios no termina en nuestra mente.
Pablo pide conocimiento “para que andéis”.
Conocerle transforma nuestra manera de vivir.
No buscamos conocimiento bíblico para sentirnos superiores, ganar argumentos o acumular información espiritual.
Queremos conocerle para que Su verdad alcance nuestra manera de pensar, hablar, decidir, amar, servir y caminar.
Por eso nuestra oración no debería ser solamente:
“Señor, dame conocimiento.”
Sino:
“Señor, lléname de Tu conocimiento para que mi vida te agrade.”
4. Le conocemos como Padre porque en Cristo somos hijos
Pero aquí debemos detenernos.
No estamos tratando de comportarnos correctamente para conseguir que Dios nos acepte como hijos.
La Escritura declara:
“Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.”
Gálatas 3:26
Nuestra identidad comienza en Cristo.
No trabajamos para convertirnos en hijos.
En Cristo hemos recibido identidad de hijos, y desde esa identidad aprendemos a caminar.
Esto cambia nuestra relación con Dios.
Ya no nos acercamos como extraños intentando conseguir aceptación. Por medio del Hijo hemos sido llevados al Padre.
Y el hijo quiere conocer al Padre.
No solamente quiere Sus bendiciones.
No solamente busca Sus respuestas.
No solamente extiende la mano por aquello que puede recibir.
Quiere conocerle.
5. El hijo sigue dependiendo completamente del Hijo
Recibir identidad de hijos no nos convierte en personas espiritualmente autosuficientes.
Jesús dijo:
“…separados de mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5
La rama no produce vida intentando con mayor intensidad ser una buena rama.
Permanece en la vid.
Nuestra vida cristiana funciona de la misma manera.
Necesitamos orar.
Necesitamos obedecer.
Necesitamos abrir las Escrituras.
Necesitamos tomar decisiones.
Necesitamos caminar.
Pero ninguna de esas cosas sustituye nuestra dependencia absoluta de Cristo.
Nuestra primera necesidad al comenzar un día, una semana o cualquier etapa de nuestra vida no es simplemente recibir más fuerza.
Necesitamos permanecer en Cristo.
6. Cristo es nuestra sabiduría
Y aquí las Escrituras vuelven a llevarnos al lugar al que continuamente parecen conducirnos.
Jesús el Cristo.
Pablo escribe:
“…Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.”
Colosenses 2:2-3
No buscamos sabiduría como algo independiente que Dios nos entrega para que después podamos continuar solos.
Buscamos a Cristo.
Porque los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están en Él.
Y en otro lugar Pablo lo llama:
“…Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.”
1 Corintios 1:24
El camino vuelve a terminar en una Persona.
No simplemente:
“Necesito más sabiduría.”
Sino:
“Necesito más de Cristo.”
7. No solamente imitamos a Cristo: Su vida obra en nosotros
Aquí llegamos a algo todavía más profundo.
Pablo pudo declarar:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…”
Gálatas 2:20
La vida cristiana no consiste simplemente en contemplar a Jesús desde lejos e intentar reproducir Su comportamiento mediante esfuerzo humano.
Cristo vive en nosotros.
Y Pablo vuelve a decir:
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
Filipenses 2:13
Esto no nos convierte en espectadores pasivos.
Respondemos.
Obedecemos.
Permanecemos.
Caminamos.
Pero detrás de todo fruto verdadero está la vida de Dios obrando en nosotros.
Él produce el querer.
Él produce el hacer.
Por eso nuestra dependencia no disminuye mientras maduramos.
Aumenta.
Cuanto más conocemos a Cristo, más comprendemos la verdad de Sus palabras:
“Separados de mí nada podéis hacer.”
Conocerle a Él
Y ahora volvemos al principio.
Jesús dijo:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”
Juan 17:3
Todo este recorrido tiene un destino:
conocerle.
Conocer al Dios bueno.
Conocer al Dios infinitamente sabio.
Conocer al Padre.
Conocer nuestra identidad como hijos en Cristo.
Conocer nuestra absoluta dependencia del Hijo.
Y mientras buscamos conocer al Padre, escuchamos a Jesús decir:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Juan 14:9
Ahí terminamos nuevamente.
En Jesús el Cristo.
No queremos conocer al Dios que nosotros imaginamos.
Queremos conocer al Dios que se ha dado a conocer.
Y cuanto más le conocemos, nuestra oración deja de ser solamente:
“Señor, dame.”
Y comienza a crecer otro clamor:
“Señor, muéstrame quién eres.”
Oremos
Padre, queremos conocerte como Tú te has dado a conocer.
Líbranos de construir una imagen de Ti según nuestras propias ideas. Abre nuestros ojos por Tu Espíritu y enséñanos mediante Tu Palabra.
Tú eres bueno.
Tú eres sabio.
Enséñanos.
Llénanos del conocimiento de Tu voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que nuestro caminar te agrade.
Gracias porque en Cristo nos has dado identidad de hijos.
Enséñanos a permanecer en Él, reconociendo que separados de nuestro Señor nada podemos hacer.
Y por Tu Espíritu, continúa revelándonos a Jesús el Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.
Produce Tú en nosotros el querer y el hacer conforme a Tu buena voluntad.
Y que mientras le conocemos cada día más:
Él crezca y nosotros disminuyamos.
Hineni. Heme aquí, Señor.
En el nombre de Jesús el Cristo.
Amén.
