Ensanchando el Territorio de Dios

Un espacio centrado en Jesucristo para conocerle a través de Su Palabra, crecer en Él y compartir gratuitamente lo que por gracia hemos recibido.


Una Iglesia gloriosa

Un cuerpo, un nuevo hombre, una morada de Dios: creciendo en Cristo para Su gloria

Cuando pensamos en la Iglesia

Cuando pensamos en la Iglesia, fácilmente podemos pensar en un edificio, una congregación, una denominación, un ministerio o las muchas actividades que realizamos juntos.

Pero ¿cómo presenta la Escritura a la Iglesia?

En la carta a los Efesios encontramos una revelación extraordinaria. Pablo utiliza diferentes imágenes que, lejos de competir entre sí, van mostrando distintos aspectos de una misma realidad:

un cuerpo — Efesios 1:22–23
un nuevo hombre — Efesios 2:15
una morada de Dios — Efesios 2:22
un cuerpo creciendo — Efesios 4:15–16
una iglesia gloriosa — Efesios 5:25–27

No son cinco realidades independientes.

Es una Iglesia.

Y a medida que avanzamos por Efesios encontramos a una Persona ocupando continuamente el centro:

Jesucristo.


1. Un cuerpo: Cristo es la Cabeza

“y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.”
Efesios 1:22–23

La primera imagen establece desde el principio una verdad fundamental:

la Iglesia es Su cuerpo y Cristo es su Cabeza.

La Iglesia, por tanto, no comienza con nosotros.

No somos nosotros quienes determinamos su identidad. Tampoco pertenece a un hombre, a un ministerio o a una denominación.

Pertenece a Cristo.

Y si Él es la Cabeza, entonces la Iglesia encuentra en Él su autoridad, dirección y razón de ser.

Antes de preguntarnos qué debe hacer el cuerpo, Efesios nos lleva a contemplar quién gobierna el cuerpo.

Cristo.


2. Un solo y nuevo hombre: creados en Él

En el capítulo 2, Pablo nos lleva a otra dimensión de la obra de Cristo:

“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,”
Efesios 2:14

Y continúa:

“aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,”
Efesios 2:15

Es importante respetar el contexto: Pablo está hablando de judíos y gentiles.

Pero precisamente por eso la expresión resulta tan poderosa:

“de ambos pueblos hizo uno”.

Y todavía más:

“para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre”.

La unidad que encontramos aquí no es producto de hombres diferentes intentando alcanzar un acuerdo.

La obra ocurre:

“en sí mismo”.

En Cristo.

El evangelio no simplemente acerca a quienes estaban separados. Mediante la cruz, Cristo reconcilia con Dios a ambos “en un solo cuerpo”, como declara inmediatamente Efesios 2:16.

Por eso la unidad de la Iglesia no descansa primeramente en que todos tengamos la misma cultura, personalidad, procedencia o historia.

Nuestra unidad está en Cristo.


3. Una morada de Dios: juntamente edificados

Pablo cambia ahora la imagen del cuerpo por la de un edificio:

“edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,”
Efesios 2:20

Otra vez encontramos a Cristo en el centro.

Ahora Él es:

“la principal piedra del ángulo”.

Y Pablo continúa:

“en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;”
Efesios 2:21

Hasta llegar a esta extraordinaria declaración:

“en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”
Efesios 2:22

Observemos las expresiones:

“en quien”

y

“juntamente edificados”.

La vida cristiana ciertamente tiene una dimensión personal, pero la visión que Pablo presenta aquí es también corporativa.

Dios está edificando un pueblo.

No somos piezas aisladas.

Cristo es la piedra principal, el edificio crece en Él y los creyentes somos juntamente edificados:

“para morada de Dios en el Espíritu.”


4. Un cuerpo llamado a crecer

Llegamos al capítulo 4 y encontramos que el cuerpo no solamente existe.

El cuerpo debe crecer.

Pablo escribe:

“hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;”
Efesios 4:13

Detengámonos en dos expresiones:

“del conocimiento del Hijo de Dios”

y

“de la plenitud de Cristo”.

Aquí encontramos la dirección de la madurez cristiana.

No es simplemente saber más.

No es solamente participar más.

No es aprender vocabulario religioso ni acumular información bíblica.

La Escritura coloca delante del cuerpo:

el conocimiento del Hijo de Dios.

Y Pablo continúa:

“sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,”
Efesios 4:15

Ya no necesitamos preguntarnos hacia quién debe crecer el cuerpo.

Pablo lo dice expresamente:

“la cabeza, esto es, Cristo”.

El crecimiento bíblico tiene dirección.

Crecemos hacia Cristo.


5. Cada miembro participa

El siguiente versículo completa la imagen:

“de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”
Efesios 4:16

Hay algo precioso aquí.

Pablo no presenta una Iglesia en la que unos pocos funcionan mientras los demás observan.

Dice:

“según la actividad propia de cada miembro”.

Cada miembro pertenece.

Cada miembro participa.

Cada miembro forma parte de un cuerpo cuya Cabeza es Cristo.

Pero tampoco son miembros independientes haciendo cada uno lo que considera mejor. Pablo habla de un cuerpo:

“bien concertado y unido entre sí”.

Y todo ello conduce a:

“ir edificándose en amor”.

Por tanto, la madurez cristiana no puede limitarse a:

¿Estoy creciendo yo?

Hay una pregunta que acompaña necesariamente a esa:

¿Está mi vida contribuyendo a la edificación del cuerpo al cual Cristo me ha unido?


6. Cristo amó a la Iglesia

Entonces llegamos al capítulo 5.

Y antes de hablar de una Iglesia gloriosa, la Escritura nos muestra el amor de Cristo por ella:

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,”
Efesios 5:25

Este orden es fundamental.

La Iglesia gloriosa de Efesios 5:27 no comienza con el esfuerzo de la Iglesia.

Comienza con:

“Cristo amó a la iglesia”.

Y ese amor se manifestó en entrega:

“y se entregó a sí mismo por ella”.

Antes de mirar lo que la Iglesia llegará a ser, contemplamos lo que Cristo hizo por ella.

El centro sigue siendo Él.


7. Para santificarla

¿Y con qué propósito se entregó?

Pablo continúa:

“para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,”
Efesios 5:26

Aquí encontramos algo que no debemos pasar por alto.

Cristo ama a Su Iglesia y el texto habla de santificarla.

Por tanto, el amor de Cristo no debe utilizarse como argumento para permanecer cómodamente sin transformación.

La gracia no nos lleva a conformarnos con aquello que no refleja a Cristo.

La Iglesia amada por Cristo es también presentada aquí como la Iglesia que Él santifica.

La Palabra, entonces, no fue dada solamente para aumentar nuestro conocimiento.

Nos confronta.

Nos corrige.

Nos lleva a la verdad.

Y mientras crecemos en el conocimiento del Hijo de Dios, nuestra vida debe ser llevada cada vez más bajo el gobierno de nuestra Cabeza.


8. Una Iglesia gloriosa

Entonces llegamos al versículo que corona esta parte del recorrido:

“a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.”
Efesios 5:27

Hay cuatro palabras que merecen detenernos:

“presentársela a sí mismo”

La Iglesia es para Cristo.

No estamos edificando nuestro reino.

No estamos formando seguidores nuestros.

No estamos construyendo una plataforma para que nosotros seamos vistos.

La Iglesia pertenece a Cristo.

Y cuando recorremos Efesios hasta aquí, el movimiento resulta difícil de ignorar:

Cristo es la Cabeza.

En Cristo somos hechos uno.

Cristo es la principal piedra del ángulo.

En Cristo somos juntamente edificados.

Hacia Cristo crecemos.

Cristo amó a la Iglesia.

Cristo se entregó por ella.

Cristo la santifica.

Cristo se la presenta a Sí mismo gloriosa.

La historia de la Iglesia no encuentra su centro en la Iglesia.

Lo encuentra en Cristo.


9. Grande es este misterio

Pero Pablo todavía no ha terminado.

Después de hablar del esposo y la esposa, declara:

“Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia.”
Efesios 5:32

Aquí debemos permitir que Pablo diga exactamente lo que dice.

Es él quien dirige nuestra mirada hacia:

Cristo y la Iglesia.

Por eso la imagen del matrimonio en este pasaje no termina simplemente en una enseñanza acerca del matrimonio. Pablo declara que está hablando respecto de Cristo y de la Iglesia.

Y nuevamente encontramos que el centro no somos nosotros.

Es Cristo.


10. Entonces, ¿cuál es nuestra respuesta?

Después de contemplar todo esto, no deberíamos terminar simplemente diciendo:

“Qué hermosa descripción de la Iglesia.”

La Palabra también nos llama a responder.

No para intentar producir mediante nuestra propia fuerza aquello que solamente Cristo puede hacer.

Pero tampoco para permanecer pasivos.

Efesios 4:16 ya nos habló de:

“la actividad propia de cada miembro”.

Entonces podemos examinarnos delante de la Palabra:

¿Estoy viviendo sujeto a Cristo como mi Cabeza?

¿Estoy creciendo en el conocimiento del Hijo de Dios?

¿Estoy permitiendo que la verdad transforme mi manera de vivir?

¿Estoy contribuyendo a la edificación de mis hermanos?

¿Estoy viviendo como miembro del cuerpo o como si pudiera caminar independientemente de los demás?

¿Mi servicio hace más visible a Cristo o procura hacerme visible a mí?

Estas preguntas no buscan condenarnos.

Buscan llevarnos nuevamente a Cristo.


11. Hasta el día de Jesucristo

Y aquí encontramos una preciosa conexión con otra palabra que hemos venido contemplando:

“estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;”
Filipenses 1:6

Nuestra confianza no descansa en nuestra capacidad para perfeccionarnos.

Descansa en Dios.

Pero porque Dios obra, queremos responder a Su obra.

Queremos crecer.

Queremos permanecer.

Queremos ser edificados.

Queremos caminar en obediencia.

Queremos conocer al Hijo de Dios.

Queremos vivir sujetos a nuestra Cabeza.

No para que nosotros seamos vistos.

Para que Cristo sea visto en Su Iglesia.


Una Iglesia para Cristo

Quizás ahora podamos regresar a la pregunta con la que comenzamos:

¿Qué ve Dios cuando mira a Su Iglesia?

Efesios nos ha permitido contemplarla:

Un cuerpo cuya Cabeza es Cristo.

Un nuevo hombre creado en Cristo.

Una morada de Dios en el Espíritu.

Un cuerpo que crece hacia Cristo.

“Una Iglesia amada, santificada y que Cristo se presenta a sí mismo.”

Entonces la pregunta final quizá no sea:

¿Qué clase de Iglesia queremos construir?

Sino:

¿Está Cristo ocupando verdaderamente el lugar que le corresponde en nosotros y entre nosotros?

Porque la Iglesia no existe para exhibirse a sí misma.

La Iglesia pertenece a Cristo.

La Iglesia crece hacia Cristo.

La Iglesia es para Cristo.

Y si algo de nosotros debe hacerse visible, que sea la vida de Cristo manifestándose en Su pueblo.

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”
Romanos 11:36

Si deseas continuar con nosotros en este recorrido por la Palabra, suscríbete para recibir las próximas publicaciones.