Gracia y paz a cada uno de ustedes, mis amados hermanos, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Amados hermanos:
Hay pasajes de la Palabra que son fáciles de leer pensando en los demás. Este es uno de ellos. Pero antes de mirar a nuestro alrededor, permitamos que la Palabra mire nuestro propio corazón.
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.”
2 Timoteo 3:1–5
Hermanos:
Es una descripción fuerte. Pero quizá lo primero que debemos preguntarnos no es: “¿A quién conozco que sea así?”, sino:
“Señor, ¿hay algo de esto en mí?”
Hay algo que llama mucho la atención en estas palabras. Pablo comienza hablando de hombres “amadores de sí mismos” y más adelante dice que serán “amadores de los deleites más que de Dios”.
Hermanos:
El problema no está solamente en lo que hacemos; también importa lo que amamos.
Podemos tener apariencia de piedad. Podemos conocer el lenguaje cristiano, congregarnos, hablar de la Biblia y hacer muchas cosas que exteriormente parecen correctas. Pero ninguna apariencia puede sustituir la realidad de una vida rendida a Cristo.
Y aquí debemos tener cuidado. Esta Palabra no nos fue dada para colocarnos por encima de otros y comenzar a repartir juicio.
Nosotros también necesitamos la gracia de Dios.
La Escritura dice:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23
Pero gracias a Dios, el mensaje no termina ahí:
“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.”
Romanos 3:24
Ese es nuestro evangelio.
Amados:
No somos personas buenas observando desde lejos lo mal que está el mundo. Somos pecadores que hemos necesitado misericordia, y nuestra esperanza está en Jesucristo.
Por eso, cuando la Palabra descubra algo en nosotros, no huyamos de su luz.
Vayamos a Cristo.
Y cuando veamos a alguien lejos de Dios, no levantemos primero la mano para condenarlo. Recordemos que esa persona necesita lo mismo que nosotros hemos necesitado:
Conocer a Jesucristo.
Hermanos:
Que nuestra vida no tenga solamente apariencia de piedad.
Que Cristo sea una realidad en nosotros.
Y si vamos a hablarle a este mundo de su condición, asegurémonos también de anunciarle las buenas nuevas:
Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
Que el Señor examine nuestro corazón, ordene nuestros afectos y haga de nuestra vida un testimonio verdadero de Jesucristo.
A Él sea toda la gloria.
Mis amados hermanos, les deseo un domingo lleno de la revelación del Espíritu Santo y de la sabiduría de Dios hecha en Cristo Jesús.
¡Uno más para Cristo!