Ensanchando el Territorio de Dios

Un espacio centrado en Jesucristo para conocerle a través de Su Palabra, crecer en Él y compartir gratuitamente lo que por gracia hemos recibido.


El obrar de Dios en nosotros

La gracia que obra, la vida que permanece y el servicio que devuelve toda la gloria a Dios

Hay una pregunta que todo creyente debería considerar:

¿Qué lugar ocupan nuestras obras en la vida cristiana?

Servimos, predicamos, oramos, trabajamos, damos, enseñamos y procuramos obedecer al Señor.

Pero ¿de dónde procede verdaderamente ese obrar?

¿Somos nosotros quienes hacemos algo para Dios?

¿Necesita Dios de nuestras manos?

¿O es Dios quien, por Su gracia, obra primero en nosotros y luego nos llama a caminar en obediencia?

La Escritura comienza colocándonos en nuestro verdadero lugar:

“No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos. Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, y todo lo que se mueve en los campos me pertenece. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud.”
Salmo 50:9–12

Y Pablo declara:

“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.”
Hechos 17:24–25

Esta es nuestra primera verdad:

Dios no nos necesita para ser Dios.

Él no es incompleto sin nuestro servicio.

No somos nosotros quienes sostenemos Su obra, Su reino o Su gloria.

Él nos sostiene a nosotros.

Él es Creador.
Él es Señor.
Él es la Fuente.

Incluso el aliento con el cual pronunciamos Su nombre procede primero de Él.

Por eso nuestro servicio no comienza con lo que nosotros podemos darle a Dios.

Comienza reconociendo todo lo que hemos recibido de Él.

No trabajamos para comprar lo que Dios da por gracia

Cuando olvidamos quién es la Fuente, fácilmente podemos comenzar a relacionarnos con Dios como si nuestras obras generaran algún derecho delante de Él.

Pero Pablo escribe:

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.”
Romanos 4:4–5

Esto destruye cualquier pretensión de convertir nuestra obediencia en moneda de cambio delante de Dios.

Nuestra justificación no es un salario.

Dios no nos debe justicia porque hayamos servido suficientemente, orado suficientemente o trabajado suficientemente.

Nuestra confianza descansa en Cristo.

Pero esto tampoco significa que la gracia produzca una vida estéril.

Las obras no son el fundamento de nuestra justificación.

Son fruto de una vida alcanzada por la gracia.

Por eso la pregunta cambia.

Ya no es:

¿Qué puedo hacer para que Dios me acepte?

Sino:

Habiendo recibido Su gracia, ¿cómo responderé ahora al Dios que me la dio?

Dios produce el querer y el hacer

Aquí llegamos a una de las declaraciones centrales de este estudio:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
Filipenses 2:13

Esto no elimina nuestra obediencia.

Al contrario, el contexto nos llama a responder activamente a la obra de Dios.

Pero coloca nuestra obediencia en su debido lugar.

Dios obra en nosotros.
Y nosotros respondemos a Su obrar.

Pablo pudo decir:

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”
1 Corintios 15:10

Miremos cuidadosamente ese equilibrio.

Pablo dice:

“he trabajado”.

Hubo esfuerzo.
Hubo servicio.
Hubo obediencia.

Pero inmediatamente añade:

“pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”

No negó que había trabajado.

Negó que pudiera atribuirse a sí mismo la gloria del resultado.

Esto nos protege de dos errores.

Uno dice:

“Todo depende de mí.”

El otro dice:

“Como todo depende de Dios, yo no tengo que hacer nada.”

La Escritura no nos conduce a ninguno de los dos.

Dios obra.
Y el creyente obedece.

Separados de Cristo, nada podemos hacer

Pero nuestra dependencia de Dios va todavía más profundamente.

No consiste solamente en recibir fuerzas de Dios para después continuar independientemente.

Jesús dijo:

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.”
Juan 15:5

La imagen es extraordinariamente sencilla.

La rama lleva fruto, pero la rama no es la fuente de la vida.

El fruto realmente aparece en ella.

Pero procede de su unión con la Vid.

Por eso Jesús continúa:

“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.”
Juan 15:8

Dios no es glorificado por nuestra esterilidad.

El Padre quiere fruto.

Pero tampoco somos nosotros la fuente del fruto.

Cristo es la Vid.

Por eso permanecer en Cristo no significa pasividad.

Significa dependencia.

Significa confiar continuamente en Él.

Significa que antes de confiar en nuestra capacidad, volvemos nuestros ojos a Cristo.

Y cuando aparece el fruto, recordamos de dónde vino la vida.

Separados de Él, nada podemos hacer.

Cristo obra por medio de nosotros

Y aquí encontramos algo precioso.

Aunque Dios no necesita de nosotros, en Su gracia ha querido utilizar instrumentos humanos para llevar Su mensaje.

Pablo pregunta:

“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”
Romanos 10:14

Hay una voz humana predicando.

Hay pies caminando.

Hay manos sirviendo.

Hay creyentes obedeciendo.

Pero escuchemos cómo Pablo describe su propio ministerio:

“Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí, para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras.”
Romanos 15:18

Qué expresión:

“lo que Cristo ha hecho por medio de mí.”

Pablo estaba allí.

Pablo predicó.
Pablo viajó.
Pablo sufrió.
Pablo trabajó.

Pero cuando llegó el momento de hablar del fruto, señaló hacia Cristo.

Ese debe ser también nuestro lenguaje.

No:

“Mira lo que hice para Dios.”

Sino:

“Mira lo que Cristo ha hecho.”

Conforme al poder que Dios da

Pedro lleva esta verdad todavía más lejos:

“Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo…”
1 Pedro 4:11

Aquí encontramos gran parte de nuestro estudio resumido.

Hablamos.

Ministramos.

Servimos.

Pero ¿conforme a qué poder?

“Conforme al poder que Dios da.”

¿Y con qué propósito?

“Para que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo.”

Ahí desaparece nuestra jactancia.

Pero también desaparece nuestra excusa para la pasividad.

Romanos 12:11 dice:

“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.”

Hay diligencia.

Hay servicio.

Hay responsabilidad.

Pero todo permanece bajo el señorío de Cristo y dependiendo del poder que Dios provee.

Los ojos del siervo

El Salmo 123 nos entrega una imagen hermosa de nuestra postura:

“He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros.”
Salmo 123:2

Los ojos están puestos en Él.

El siervo no ocupa el lugar del Señor.

Espera.
Depende.
Mira.
Y está dispuesto a responder.

Esto no significa que debamos esperar una señal extraordinaria para cada decisión cotidiana.

Dios ya nos ha hablado por medio de Su Palabra.

Nuestra mirada hacia Él comienza allí:

escuchando Su Palabra, creyéndola y obedeciéndola.

Antes de movernos confiando en nosotros mismos, recordamos quién es nuestro Señor.

Antes de buscar resultados, miramos a Cristo.

Antes de apropiarnos del fruto, recordamos quién dio la vida.

El peligro de la carne en el servicio

También podemos estar haciendo algo aparentemente espiritual y, sin embargo, buscar nuestra propia gloria.

Podemos predicar a Cristo y comenzar a disfrutar demasiado que nos reconozcan a nosotros.

Podemos servir y comenzar a pensar que somos indispensables.

Podemos ver fruto y lentamente olvidar quién es la Vid.

Ahí necesitamos regresar a las palabras de Jesús:

“Separados de mí nada podéis hacer.”

Y a las de Pablo:

“lo que Cristo ha hecho por medio de mí.”

Y a las de Pedro:

“conforme al poder que Dios da.”

No necesitamos desaparecer físicamente de la obra.

Necesitamos desaparecer de la gloria que le pertenece a Cristo.

Podemos trabajar.

Podemos servir.

Podemos predicar.

Podemos escribir.

Podemos cantar.

Podemos utilizar todos los dones que Dios nos haya concedido.

Pero al final debemos poder decir:

La Fuente no fui yo.

Entonces, ¿cuál es nuestra parte?

Quizás después de todo esto alguien pregunte:

¿Qué hago yo?

Permanece en Cristo.

Cree Su Palabra.

Obedece lo que Él ha dicho.

Sirve diligentemente.

Habla conforme a Su Palabra.

Ministra conforme al poder que Dios da.

Y cuando aparezca el fruto:

Devuelve la gloria al Dueño del fruto.

Porque la vida cristiana no consiste en que nosotros hagamos grandes cosas para que Dios pueda avanzar.

Consiste en que el Dios que no necesita absolutamente nada de nosotros nos ha alcanzado por gracia, nos ha unido a Cristo y ha querido hacernos participantes de Su obra.

Eso no nos hace indispensables.

Hace Su gracia todavía más maravillosa.

Para que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo

Volvamos entonces al principio.

Dios no necesita nuestro aliento.

Él nos da el aliento.

No necesita que nosotros sostengamos Su obra.

Él nos sostiene mientras participamos en ella.

No producimos vida separados de Cristo.

Él es la Vid.

No podemos comprar justicia con nuestras obras.

Nuestra confianza está en Cristo.

Y cuando servimos, no necesitamos apropiarnos del fruto.

Podemos decir con Pablo:

“…lo que Cristo ha hecho por medio de mí…”

Y con Pedro:

“…ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo…”

Ahí está nuestra seguridad.

Ahí está nuestra humildad.

Y también ahí está nuestra libertad para servir con todas nuestras fuerzas.

Dios obra en nosotros.
Nosotros respondemos en obediencia.
Cristo permanece en el centro.
Y Dios recibe toda la gloria.

Para nuestra reflexión

¿Estoy intentando hacer para Dios algo que solo puedo hacer permaneciendo en Cristo?

¿Hay algún fruto por el cual secretamente he comenzado a tomar para mí una gloria que pertenece al Señor?

¿Estoy utilizando la gracia como excusa para la pasividad cuando Dios me está llamando a obedecer?

Cuando sirvo, ¿lo hago confiando en mi capacidad o conforme al poder que Dios da?

Y finalmente:

Si nadie supiera que fui yo quien hizo algo, ¿seguiría queriendo hacerlo para Cristo?

Oremos

Señor, mantén nuestros ojos puestos en Ti.

Que nunca confundamos el instrumento con la Fuente.

Haznos diligentes para obedecer, humildes para depender y prontos para devolverte toda la gloria.

Que aquello que hagamos sea conforme al poder que Tú das, para que en todo seas glorificado por Jesucristo.

Amén.

¡Uno más para Cristo!

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