Una esperanza segura y firme: Jesucristo, nuestra ancla

Cada Día en Su Palabra | Hebreos 6:19-20

Gracia y paz a cada uno de ustedes, mis amados hermanos, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

¡Un bendecido domingo en nuestro Señor!

Mis amados hermanos:

En estos días hemos estado considerando la importancia de crecer y avanzar hacia la madurez espiritual.

Pero hoy quisiera que contemplemos algo precioso que encontramos en la misma carta a los Hebreos:

«La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec».

Hebreos 6:19-20

Mis amados, observemos dónde nos lleva la Palabra después de hablarnos de nuestra necesidad de madurar.

Nos lleva a Jesucristo.

No nos deja contemplar solamente nuestras debilidades, nuestras faltas o todo lo que todavía necesitamos aprender.

Nos muestra a nuestro Salvador, que murió por nosotros, resucitó y vive para siempre.

¡Qué gloriosa noticia!

Nuestra esperanza no descansa en cuánto hemos logrado hacer para Dios, sino en lo que Jesucristo ha hecho por nosotros y en quién es Él.

Y esto no nos llama a permanecer inmóviles; por el contrario, nos permite avanzar confiando en Él.

Hermanos, no vivimos tratando de completar la obra de la cruz.

Vivimos a partir de una obra que Cristo ya consumó.

Y Aquel que se ofreció por nuestros pecados es también nuestro gran Sumo Sacerdote.

Hermanos, la misma carta nos dice:

«Por lo cual también puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos».

Hebreos 7:25

¡Qué seguridad encontramos en nuestro Señor!

Por eso, al recibir las exhortaciones de la Palabra, no olvidemos mirar a Cristo.

Amados:

La madurez espiritual no consiste simplemente en hacer más cosas, sino en crecer en el conocimiento de nuestro Señor y vivir por la fe en Él.

Que hoy nuestros corazones sean afirmados en esta verdad:

Nuestra esperanza está en Jesucristo, y Él permanece para siempre.

A Él sea toda la gloria.

Amén.

Amados hermanos, que la revelación del Espíritu Santo y la sabiduría de Dios, hechas en Cristo Jesús, sean con cada uno de ustedes.

¡Uno más para Cristo!