Cada Día en Su Palabra · Martes, 20 de octubre de 2026
Gracia y paz a cada uno de ustedes, mis amados, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
¡Un maravilloso y bendecido martes en la presencia de nuestro Señor!
Mis amados hermanos:
Ayer contemplamos la fe de Noé, quien creyó lo que Dios había dicho y, por esa fe, preparó el arca para la salvación de su casa.
Hoy quiero que continuemos caminando por las Escrituras y que contemplemos algo todavía más hermoso.
«Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba».
Hebreos 11:8
Mis amados, Noé construyó un arca porque creyó en Dios. Abraham salió de su tierra porque creyó en Dios. Sara recibió fuerza para concebir porque creyó que era fiel quien lo había prometido.
Pero hay algo que no debemos perder de vista.
Estas historias no fueron escritas solamente para que admiremos la fe de aquellos hombres y mujeres, sino para que conozcamos al Dios fiel que los sostuvo.
Noé nos recuerda la salvación que Dios provee frente al juicio. Abraham recibió una promesa cuyo cumplimiento encuentra su centro en Jesucristo. Y la fe de Sara nos recuerda que el poder para cumplir lo prometido pertenece a Dios.
Hermanos, ellos vivieron esperando el cumplimiento de las promesas de Dios.
Y nosotros hemos recibido una revelación maravillosa: Jesucristo, el Hijo de Dios, en quien se cumplen las promesas de nuestro Padre.
La Escritura dice:
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios».
2 Corintios 1:20
¡Qué maravilloso, mis amados!
Abraham salió sin saber a dónde iba, pero confiaba en Aquel que lo había llamado.
Y nosotros, aunque muchas veces tampoco comprendemos el camino que tenemos por delante, conocemos a Aquel que declaró:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
Juan 14:6
Mis amados hermanos:
Nuestra confianza no descansa en nuestra capacidad para comprenderlo todo, ni en la perfección de nuestra obediencia. Descansa en la fidelidad de Dios y en la obra perfecta de nuestro Señor Jesucristo.
Y esa fe que hemos recibido no permanece solamente en nuestros labios. Por la gracia de Dios, comienza a manifestarse en nuestra manera de vivir, amar, perdonar y servir, primeramente entre aquellos con quienes compartimos nuestra vida.
No se trata de demostrar cuán grande es nuestra fe, sino de que nuestra vida dé testimonio de cuán grande y fiel es nuestro Señor.
Por eso, al contemplar a Noé, a Abraham y a Sara, no detengamos nuestra mirada en ellos.
Pongamos nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2).
Oremos juntos, mis amados:
Padre amado, gracias por tu fidelidad a través de todas las generaciones. Gracias porque aquello que anunciaste y prometiste encuentra su cumplimiento en tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Enséñanos a confiar en ti aun cuando no comprendamos el camino. Que tu gracia transforme nuestra manera de vivir y que quienes nos rodean puedan contemplar la vida de Cristo en nosotros.
Guárdanos de buscar nuestra propia gloria y dirige siempre nuestros ojos a Jesús.
En su precioso nombre oramos. Amén.
¡A Él sea toda la gloria, hoy y por los siglos!
Amados hermanos, que la revelación del Espíritu Santo y la sabiduría de Dios hecha en Cristo Jesús sean con cada uno de ustedes.
¡Feliz martes!
¡Uno más para Cristo!