Cuando decir «hágase tu voluntad» nos cuesta lágrimas

Cada Día en Su Palabra · Miércoles, 21 de octubre de 2026

Gracia y paz a cada uno de ustedes y sus casas, mis amados, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

¡Un bendecido miércoles bajo la gracia de nuestro Señor!

Mis amados hermanos:

Ayer contemplamos a Abraham saliendo sin saber adónde iba. Hoy la Palabra nos permite conocer en quién descansaba su corazón cuando fue probado:

«Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir».

Hebreos 11:17–19

Hermanos, Abraham había recibido de Dios una promesa relacionada con Isaac. Ahora enfrentaba una prueba en la que no podía comprender cómo se cumpliría. Sin embargo, consideró que Dios tenía poder aun para levantar a los muertos.

Esto habla primero a mi propio corazón.

Es fácil decir «hágase tu voluntad» cuando lo que sucede coincide con nuestros deseos. Pero ¿qué ocurre cuando la respuesta tarda, cuando cambia lo que esperábamos o cuando obedecer al Señor nos cuesta lágrimas?

Ahí se pone a prueba nuestra confianza en Él.

Y al meditar en esto, volvemos nuestros ojos a Jesús. En Getsemaní, ante el sufrimiento de la cruz, nuestro Salvador oró:

«Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Lucas 22:42

Nuestro Señor expresó su angustia y se entregó voluntariamente a la voluntad del Padre. Fue a la cruz por nuestros pecados y resucitó. En Él descansa nuestra salvación y nuestra esperanza.

La nueva vida que hemos recibido en Cristo nos lleva a aprender esa entrega, sostenidos por el Espíritu Santo. Podemos decirle al Padre lo que deseamos, reconocer lo que nos duele y pedirle fuerzas para obedecer.

Pablo, hablando de las aflicciones que acompañaban su servicio, escribió:

«Como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo».

2 Corintios 6:10

¡Qué verdad tan necesaria, mis amados!

La tristeza y el gozo pueden estar presentes en un mismo corazón. Podemos llorar por lo que vivimos y encontrar gozo en Cristo, porque seguimos siendo suyos y nuestra esperanza permanece en Él.

Hermanos, no todos los hombres y mujeres de Hebreos 11 fueron librados del sufrimiento. Algunos padecieron hasta morir, y la Escritura también reconoce su fe.

Por eso, hermanos, no midamos nuestra fe ni la de otros solamente por el resultado visible de una situación. Acerquémonos con misericordia al que sufre y ayudémonos unos a otros a seguir confiando en nuestro Señor.

Decir «hágase tu voluntad» puede costarnos lágrimas. Y aun allí, su gracia nos sostiene.

Oremos juntos, mis amados:

Padre amado, tú conoces nuestros deseos y aquello que nos duele. Gracias por tu Hijo, quien se entregó por nosotros y vive para siempre.

Por tu Espíritu, enséñanos a confiar en ti y a obedecerte cuando el camino sea diferente del que esperábamos. Sostén al hermano que hoy llora y permite que encuentre en Cristo consuelo, esperanza y gozo.

Que podamos decirte con sinceridad: «Padre, hágase tu voluntad».

En el precioso nombre de Jesús. Amén.

¡A Él sea toda la gloria!

¡Uno más para Cristo!