Cada Día en Su Palabra · Domingo, 25 de octubre de 2026
Gracia y paz a cada uno de ustedes y los suyos, mis amados, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
¡Un bendecido domingo bajo la gracia y el cuidado de nuestro Padre celestial!
Mis amados hermanos:
Al continuar nuestro recorrido por Hebreos, encontramos una verdad maravillosa que nos invita a detenernos y contemplar el inmenso privilegio que hemos recibido por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Después de exhortarnos a mantener nuestros ojos puestos en Jesús y recordarnos el cuidado y la formación de nuestro Padre celestial, la Escritura nos dice:
«Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles».
Hebreos 12:22
¡Mis amados, qué declaración tan preciosa!
El escritor venía describiendo el monte Sinaí, donde el pueblo experimentó temor ante la manifestación de la santidad de Dios. Pero ahora nos presenta una realidad gloriosa que hemos recibido por medio de Jesucristo.
Y observemos algo hermoso: no dice solamente que algún día nos acercaremos.
Dice: «Os habéis acercado».
Hermanos, por medio de nuestro Señor Jesucristo hemos recibido un privilegio que jamás podríamos alcanzar por nuestros propios méritos: acercarnos a nuestro Padre celestial.
Y la Escritura continúa:
«A Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel».
Hebreos 12:24
¡Ahí está, mis amados! Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Aquel que entregó su vida por nuestros pecados, resucitó y está sentado a la diestra del Padre es nuestro Mediador.
Por Él tenemos entrada a la presencia de Dios, hemos recibido su gracia y podemos llamarle Padre.
¡Qué motivo tan grande para adorarle!
Y mientras meditaba en esta Palabra, pensaba en lo hermoso que es reunirnos como hermanos, aprender juntos de las Escrituras, orar, cantar y servirnos unos a otros.
¡Cuánto debemos agradecer al Señor por el privilegio de ser parte de su cuerpo!
Pero hay algo todavía más precioso: todo esto tiene su origen y fundamento en la vida que hemos recibido por medio de Jesucristo.
Recordemos las palabras del Señor Jesús a Nicodemo:
«Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».
Juan 3:3
Mis amados, nuestro Señor nos habla de una vida que solamente Dios puede darnos.
Y esa nueva vida comienza a manifestarse en nuestra manera de amar, de servir, de perdonar y de caminar juntos.
El apóstol Pedro escribió:
«Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo».
1 Pedro 2:5
¡Qué hermoso, hermanos!
Somos piedras vivas porque hemos venido a Cristo, la Piedra viva, y por medio de Él somos edificados juntos como casa espiritual.
Ninguno de nosotros se sostiene por sí mismo. Todos necesitamos de su gracia, de su Palabra y del cuidado de nuestro Padre celestial.
Y mientras crecemos juntos, ¡qué hermoso es reconocer que el Señor nos permite participar en su obra y servirnos unos a otros con los dones que hemos recibido!
Que nunca perdamos el asombro ante este regalo.
Que nuestras oraciones, nuestras reuniones y nuestro servicio continúen siendo oportunidades preciosas para conocer más profundamente a Jesucristo y expresar el amor que hemos recibido de Él.
Y que esa vida se manifieste también en nuestros hogares, en nuestras palabras, en nuestra paciencia y en la manera en que tratamos a quienes Dios ha puesto a nuestro lado.
Mis amados, no solamente hemos sido llamados a caminar juntos; hemos sido acercados al Dios vivo por medio de Jesucristo.
¡Qué privilegio! ¡Qué gracia tan maravillosa!
Que al reunirnos, nuestra mayor alegría sea contemplar a nuestro Señor, recordar su obra perfecta y reconocer que todo lo que somos y tenemos procede de Él.
Jesucristo es nuestro único fundamento, nuestro Mediador y nuestra esperanza.
Oremos juntos, mis amados:
Padre amado, gracias por tu inmensa misericordia y por el privilegio de acercarnos a ti por medio de tu amado Hijo.
Gracias por la nueva vida que hemos recibido en Jesucristo y por permitirnos crecer y servir juntos como miembros de su cuerpo.
Señor, guarda nuestros corazones para que nunca perdamos el asombro ante tu gracia.
Que tu Palabra continúe transformándonos y que, por tu Espíritu, aprendamos a amarnos, cuidarnos y edificarnos unos a otros.
Que nuestras reuniones, nuestro servicio y nuestra vida cotidiana den testimonio de Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
Mantén siempre nuestros ojos puestos en Jesús, nuestro único fundamento.
En su precioso nombre oramos. Amén.
¡A Él sea toda la gloria!
¡Uno más para Cristo!