Cada Día en Su Palabra · Lunes, 26 de octubre de 2026
Gracia y paz a cada uno de ustedes y sus casas, mis amados, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
¡Un maravilloso y bendecido comienzo de semana bajo la gracia y el cuidado de nuestro Padre celestial!
Mis amados hermanos:
Ayer contemplábamos el inmenso privilegio que hemos recibido por medio de Jesucristo: hemos sido acercados al Dios vivo y edificados juntos como miembros de su cuerpo.
Hoy, al continuar leyendo la carta a los Hebreos, encontramos una exhortación que nos invita a considerar cómo estamos cuidando esa preciosa comunión.
La Escritura nos dice:
«Mirad bien, para que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados».
Hebreos 12:15
¡Mis amados, cuánto alimento hay en estas palabras!
Observemos cómo comienza esta exhortación: «Mirad bien».
No es solamente una invitación a examinar nuestra propia vida. También nos recuerda que somos miembros de un mismo cuerpo y que debemos velar unos por otros.
Hermanos, todos necesitamos la gracia de Dios. La necesitamos cuando estamos fuertes y cuando estamos cansados; cuando todo marcha bien y cuando atravesamos dificultades.
Y esa misma gracia que hemos recibido en Jesucristo debe manifestarse en nuestra manera de tratar a quienes caminan junto a nosotros.
La Escritura también nos advierte acerca de la raíz de amargura.
Esta advertencia nos llama a cuidar que nada crezca entre nosotros que nos aparte de Dios y termine dañando a otros. Al examinar nuestras relaciones, también necesitamos reconocer cómo el resentimiento puede afectar nuestra comunión.
Una raíz puede crecer silenciosamente antes de que sus frutos sean visibles. De la misma manera, una ofensa no atendida, un resentimiento alimentado o una herida que dejamos endurecer nuestro corazón pueden terminar afectando nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras relaciones.
Y observemos que el pasaje dice: «por ella muchos sean contaminados».
¡Hermanos, cuánto necesitamos cuidar nuestro corazón!
Pero no solamente para evitar causar daño, sino también para procurar el bienestar de aquellos a quienes Cristo ama.
Pablo escribió:
«Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo».
Efesios 4:32
¡Qué hermosa enseñanza!
El perdón que hemos recibido en Cristo se convierte en el fundamento de nuestra disposición a perdonar.
Esto no significa que nunca tendremos diferencias, que las heridas no duelan o que debamos ignorar aquello que necesita ser corregido.
Significa que, aun en medio de nuestras diferencias, podemos pedir al Señor que nos enseñe a responder con verdad, misericordia y amor.
Mis amados, comenzamos una nueva semana. Quizás tengamos muchas responsabilidades, preocupaciones y decisiones por delante.
Pero entre todo lo que debemos hacer, recordemos algo precioso:
Nuestro Señor nos ha permitido caminar junto a hermanos que también necesitan su gracia, así como nosotros la necesitamos cada día.
Que nuestras palabras traigan aliento al cansado, que nuestra paciencia dé lugar a la comprensión y que nuestro amor procure la restauración antes que la división.
No permitamos que una raíz de amargura encuentre lugar donde la gracia de Jesucristo nos llama a crecer juntos.
Mantengamos nuestros ojos puestos en Jesús, nuestro único fundamento, y aprendamos a cuidarnos unos a otros como miembros de su cuerpo.
Oremos juntos, mis amados:
Padre amado, gracias por tu infinita gracia y por habernos acercado a ti mediante nuestro Señor Jesucristo.
Al comenzar esta semana, examina nuestros corazones y muéstranos aquello que necesita ser transformado.
Líbranos de guardar resentimientos y enséñanos a perdonar como hemos sido perdonados en Cristo.
Por tu Espíritu, danos sabiduría para hablar con amor, humildad para recibir corrección y misericordia para acompañar a nuestros hermanos.
Que nuestras vidas sean instrumentos de paz, consuelo y edificación, y que todo cuanto hagamos glorifique a nuestro Señor Jesucristo.
En su precioso nombre oramos. Amén.
¡A Él sea toda la gloria!
La revelación del Espíritu Santo y la sabiduría de Dios hecha en Cristo Jesús sean con todos ustedes.
¡Uno más para Cristo!