La vida que recibimos de Él, el fruto que produce y el cuidado de sus miembros
Ensanchando el Territorio de Dios
Lecturas principales: Efesios 5:25–27; 1 Corintios 12:12–27; Romanos 14:4; Juan 15:1–5; Lucas 13:6–9; 1 Reyes 19; Hebreos 12:11–15; Gálatas 6:1; 2 Corintios 2:6–8.
Introducción — El valor de lo que pertenece a Cristo
«No podemos decir: me gusta Jesús, pero no me cae bien su esposa». Esta expresión nos invita a examinar algo más profundo que nuestras simpatías y diferencias personales: ¿cómo estamos mirando a aquellos que pertenecen a Jesucristo? La Iglesia no es una obra que nos pertenezca. Cristo la amó y se entregó a sí mismo por ella (Efesios 5:25–27). Él es su Cabeza (Colosenses 1:18). No podemos honrarlo a Él y tratar con desprecio a su cuerpo.
Esto no significa negar que existan errores, heridas o pecados que deban ser atendidos. Significa que, al hablar, corregir y servir, debemos recordar a quién pertenecen los hermanos. El amor de Cristo no vuelve innecesaria la verdad; nos enseña cómo compartirla.
1. La esposa amada: Cristo se entregó por su Iglesia
Efesios 5:25–27 nos presenta el amor de Cristo como un amor que se entrega y santifica. No espera que la Iglesia sea perfecta para empezar a amarla; la ama y obra para presentarla gloriosa. No hacemos de la Iglesia un ídolo ni justificamos cualquier conducta en su nombre. Reconocemos, más bien, que es preciosa para su Señor.
Efesios 4:15 nos llama a seguir la verdad en amor. El lenguaje de edificación debe permanecer unido a ambas realidades: sin verdad dejamos al hermano sin dirección; sin amor podemos utilizar la verdad como instrumento de daño. Cristo no nos ha llamado a competir por quién detecta más defectos, sino a participar, bajo su autoridad, en la edificación de su cuerpo.
2. El brazo y el cuerpo: no somos extraños para la Cabeza
«Nadie le podrá preguntar a mi brazo: ¿Dónde está Fidel?». La ilustración expresa una relación de pertenencia. El brazo no es un observador externo de la persona: forma parte de su cuerpo. Pablo enseña: «Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1 Corintios 12:27, RVR1960).
Esta es una imagen espiritual, no una afirmación de que desaparece nuestra identidad personal. Según 1 Corintios 12:12–27, los miembros son diferentes, pero están vinculados entre sí: ninguno puede afirmar que no necesita a los demás. Cuando uno padece, todos son llamados a padecer con él; cuando recibe honra, todos se gozan. Colosenses 1:18 nos recuerda que la Cabeza es Jesucristo, no un líder humano, un programa o una estructura.
Si miramos a otro hermano, miramos a alguien que pertenece al mismo Señor. Antes de tratarlo como adversario o carga, recordemos que Cristo no lo ve como un extraño a su cuerpo.
3. El siervo ajeno: humildad antes de juzgar
Romanos 14:4 pregunta: «¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme» (RVR1960).
Pablo trata, en su contexto, las diferencias de conciencia entre creyentes respecto de alimentos y días. No está prohibiendo todo discernimiento ni toda disciplina. Está confrontando el desprecio y el juicio arrogante en asuntos en los que cada siervo responde ante su Señor.
La pregunta nos hace humildes: ¿estoy tratando al hermano como propiedad mía o como siervo de Cristo? Y la promesa dirige nuestra confianza al lugar correcto: el Señor es poderoso para sostenerlo. Nuestra responsabilidad es hablar con verdad y amor, no usurpar el lugar de la Cabeza.
4. El árbol vivo: el fruto no fabrica la vida
«Nunca hemos visto a un árbol querer demostrar que está vivo; él solo produce frutos porque está vivo». Jesús declaró: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5, RVR1960).
Aquí está el orden espiritual: no fabricamos la vida mediante una apariencia de fruto. Recibimos vida en Cristo y, al permanecer en Él, esa vida produce fruto. Gálatas 5:22–23 lo llama fruto del Espíritu, y comienza por el amor.
La imagen no nos invita a la pasividad: permanecer implica comunión, escuchar su Palabra y obedecerlo. Tampoco nos autoriza a exigir una madurez instantánea. Nos recuerda que el crecimiento tiene su fuente en Jesucristo. Enseñar comportamientos sin conducir a las personas a Cristo sería como intentar colgar frutos artificiales de un árbol.
5. La higuera: limpiar, cavar, abonar y cuidar
En Lucas 13:6–9, Jesús narra la parábola de una higuera sin fruto. Ante la decisión de cortarla, el viñador pide tiempo para cavar alrededor y abonarla. La parábola sigue al llamado al arrepentimiento de Lucas 13:1–5: la ausencia de fruto importa, y el plazo no es una autorización para seguir indiferentes.
Pero también contemplamos la solicitud del viñador: no se conforma con mirar el árbol desde lejos. Quiere trabajar alrededor de él. De esta imagen nace una aplicación pastoral: limpiar lo que estorba mediante la verdad; cavar, es decir, acercarnos y conocer la necesidad; abonar con la Palabra, la oración y el ánimo; y cuidar con paciencia y perseverancia. Son aplicaciones para nuestra vida de comunidad; el texto menciona literalmente cavar y abonar.
El viñador no puede fabricar la vida dentro del árbol; del mismo modo, ningún hermano puede producir por sí mismo la vida espiritual de otro. Pero sí podemos servir como instrumentos en las manos del Señor. «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Corintios 3:6, RVR1960).
6. Elías en la cueva: la dirección no debe confundirse con abandono
«Dios le dijo a Elías: “¿Qué haces aquí, Elías?”, no: “¿Qué haces allá?”». La palabra «aquí» en 1 Reyes 19:9 sitúa la pregunta en el lugar donde se encontraba el profeta. No necesitamos afirmar que Dios estaba físicamente dentro de la cueva para apreciar lo que enseña el relato: el Señor salió al encuentro de su siervo en su agotamiento.
Antes de la cueva, Dios ya había provisto descanso, agua y alimento a Elías (1 Reyes 19:5–8). Después escuchó su respuesta, manifestó su presencia y le dio instrucciones para continuar (1 Reyes 19:9–18). No eliminó la necesidad de corregir su perspectiva ni de dar dirección, pero tampoco lo dejó sin cuidado.
Esto ilumina una práctica que debemos examinar: a veces decimos que hemos disciplinado a un hermano cuando lo hemos sentado solo en una banca y nadie lo acompaña. Hay ocasiones en que deben suspenderse responsabilidades o establecerse límites por protección y justicia. Pero un límite responsable no debe convertirse automáticamente en abandono espiritual. La corrección bíblica requiere verdad, dirección, acompañamiento apropiado y un deseo sincero de restauración.
7. Disciplina con propósito: para que sea sanado
Hebreos 12:11 reconoce que la disciplina no suele parecer agradable en el momento, pero puede producir «fruto apacible de justicia» en los ejercitados por ella. Inmediatamente añade: «haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado» (Hebreos 12:13, RVR1960).
¡Qué dirección! La meta no es exhibir a quien tropieza, sino procurar su sanidad. Hebreos 12:15 nos manda a mirar bien para que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios y para que ninguna raíz de amargura contamine a muchos. Nuestro cuidado no se limita a vigilar faltas: también busca que nadie quede aislado del aliento y la enseñanza que necesita.
Gálatas 6:1 habla de restaurar con espíritu de mansedumbre, considerándonos a nosotros mismos. En 2 Corintios 2:6–8, Pablo exhorta a perdonar, consolar y confirmar el amor hacia una persona que había recibido reprensión, para que no fuera consumida por demasiada tristeza. La disciplina cristiana debe ser seria cuando corresponde, pero su propósito no es alimentar el desprecio. Si existe daño grave, la seguridad de los afectados y la responsabilidad deben mantenerse; la restauración espiritual no supone restitución automática a funciones de autoridad.
8. Un cuerpo que se edifica en amor
Efesios 4:15–16 nos muestra al cuerpo creciendo hacia Cristo, su Cabeza, y edificándose en amor conforme cada miembro cumple su función. Esta es la convergencia de las imágenes que hemos considerado: la esposa que Cristo ama; el brazo que pertenece al cuerpo; la vid que da vida; la higuera que requiere cuidado; y el siervo fatigado al que Dios da alimento y dirección.
Nadie de nosotros puede ocupar el lugar de Cristo. Pero cada uno puede preguntarse: ¿mis palabras acercan a mis hermanos a Él? ¿Estoy dispuesto a escuchar antes de juzgar? ¿Ofrezco alimento espiritual o solo señalo la ausencia de fruto? ¿Cuando alguien necesita corrección, me preocupo también por su restauración?
No podemos separar a Cristo de aquello que Él ha unido a sí mismo; tampoco podemos producir separados de Él lo que solamente su vida puede dar. Por eso cuidamos a sus miembros sin pretender ser su Cabeza, y servimos con humildad sabiendo que todo crecimiento verdadero procede del Señor.
Conclusión — Una vida que edifica porque permanece en Él
La Iglesia no nos pertenece; pertenece a Jesucristo. El amor no es un adorno que colocamos para parecer espirituales: es fruto de una vida sostenida por Él. La corrección no es una oportunidad para exaltar nuestra superioridad, sino un servicio responsable que, cuando es posible, procura restauración.
Que el Señor nos enseñe a mirar a los hermanos como miembros de su cuerpo, a reconocer nuestra propia necesidad de gracia y a acercarnos con verdad, paciencia y amor. No queremos árboles decorados con frutos artificiales; queremos permanecer en Cristo, la Vid verdadera. No queremos hermanos abandonados en una banca; queremos aprender a cuidar, orientar y acompañar bajo la autoridad de la Cabeza.
Todo vuelve a Jesucristo: Él amó, Él se entregó, Él da vida, Él sostiene y Él produce el fruto. «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8, RVR1960).
Oración
Padre amado, venimos delante de ti por medio de nuestro Señor Jesucristo. Gracias por la vida que hemos recibido en Él y por el privilegio de pertenecer a su cuerpo. Perdónanos cuando hemos hablado con dureza, juzgado sin amor o dejado solos a quienes necesitaban dirección. Examina también nuestros corazones y corrige lo que necesita ser transformado.
Enséñanos a permanecer en Cristo, a vivir de tu Palabra y a dar fruto por la obra de tu Espíritu. Danos mansedumbre para restaurar, valor para decir la verdad, prudencia para establecer límites justos y paciencia para acompañar. Que nunca ocupemos el lugar de la Cabeza y que nuestra manera de tratar a los hermanos dé testimonio del amor de Jesús. A Él sea toda la gloria. En su nombre oramos. Amén.
¡Uno más para Cristo! ¡A Él sea toda la gloria!