Un corazón dispuesto a escuchar

Cada Día en Su Palabra · Martes, 3 de noviembre de 2026

¡Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús!

¡Un hermoso y bendecido martes, mis amados hermanos!

Mis amados, hoy quisiera compartir con ustedes una reflexión que primero ha estado hablando a mi propio corazón.

¡Qué maravillosa bendición es tener la Palabra de Dios y poder escuchar lo que nuestro Padre celestial desea enseñarnos!

Pero quisiera que consideremos algo: ¿con qué disposición nos acercamos a su Palabra?

Escuchemos lo que nos dice Santiago:

«Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios».

Santiago 1:19–20

Mis amados, podemos tener mucho que decir, muchas opiniones y hasta un profundo conocimiento de las Escrituras.

Pero ¿estamos igualmente dispuestos a escuchar?

Y miren cómo continúa la Palabra:

«Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas».

Santiago 1:21

¡Qué preciosa expresión: «la palabra implantada»!

Hermanos, no se trata solamente de cuánto conocemos de la Biblia, sino de cuánto permitimos que su verdad examine nuestros corazones y transforme nuestra manera de vivir.

A veces estamos tan ocupados hablando, explicando o tratando de corregir a otros que olvidamos escuchar primero lo que Dios nos está diciendo a nosotros.

Y nuestro Señor Jesucristo nos dejó estas palabras:

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen».

Juan 10:27

¡Mis amados, qué hermoso!

No solamente oír su voz, sino seguir a Aquel que nos conoce y nos ha dado vida.

Que nuestra lectura de la Palabra no se convierta en una costumbre vacía ni en una oportunidad para señalar los defectos de los demás.

Que sea un encuentro con la verdad de Dios, que nos lleve a conocer más profundamente a nuestro Señor Jesucristo.

Y que, al escucharlo, aprendamos también a escuchar con amor y paciencia a nuestros hermanos.

Oremos juntos:

Padre amado, gracias por tu Palabra y por la vida que nos has dado en Jesucristo.

Danos corazones humildes, dispuestos a escuchar y recibir tu verdad con mansedumbre.

Que tu Espíritu examine nuestras intenciones, transforme nuestra manera de hablar y nos enseñe a caminar en obediencia a nuestro Señor.

Y por esta causa, Padre amado, doblamos nuestras rodillas delante de ti, como escribió el apóstol Pablo:

«Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo».

Efesios 3:14

Que, conforme a las riquezas de tu gloria, nos concedas ser fortalecidos con poder por tu Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que, arraigados y cimentados en amor, podamos conocer cada día más profundamente el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.

¡Que seamos llenos de toda la plenitud de Dios!

Y como termina Pablo esta preciosa oración:

«A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén».

Efesios 3:21

¡Uno más para Cristo!